Los sentimientos de las plantas

En estos casi doce meses de tienda y unos pocos más de vegana habré escuchado como diez mil veces argumentos a favor de los sentimientos de las plantas, que no es otra cosa que un intento burdo y falaz de justificar lo injustificable: la masacre diaria y cotidiana de los animales no humanos. Estos, fíjate, sí que sienten.

Y la verdad es que ya me parece una falta de respeto -a los animales no humanos- y un sinsentido. Recuerdo esas palabras de una bióloga: Si las plantas sintiesen ya habrían desarrollado piernas para correr. Pies para qué os quiero, que pienso cada vez que alguna mente preclara comienza con su retahíla de clorofilas que gritan pero no las oímos. Es decir que eres vegana y aparece un batallón en defensa de los sentimientos de las coliflores. Queridas mías, las plantas no sienten. Ni gritan. Ni nada. Y cuando comienzas a destrozar su aburrido y manido y cogido por pinzas planteamiento, simplemente se enfadan. Se ofenden. Que si sienten de una forma distinta, que tiemblan ante las amenazas… y la Virgen del Rocío debe sentirse mogollón de orgullosa de sus feligreses torturacaballos, asesinaburros, cocainómanos y alcohólicos. Muy fan la Virgen.

los sentimientos de las plantas

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La que se enfada soy yo. Y me enfado porque quienes gritan, y se desangran, y son torturados y asesinados son los cientos de miles de animales no humanos que estas personas engullen o visten o usan o simplemente invisibilizan con su discurso del dolor vegetal. Es igualito, pero igualito, que aquellas personas que vienen con que si el patriarcado somete también a los hombres cuando se te ocurre encrisparte ante la cultura de la violación, el día que te despiertas con cuatro asesinatos de mujeres a manos de hombres que no pueden llorar o vas y dices que estás harta de los hombres. Not all men but yes all women.

Los vegetales no sienten por una razón sencilla -o no tanto, ya que ni por estas las prosentimientosdelascoliflores se dan por vencidas-: no tiene sistema nervioso central. Pero siguen el sol, o se mueven, o… Responder a estímulos no es sentir. Ni con esas. Las plantas carecen de sistema nervioso central y tampoco tienen nada que se asemeje a un cerebro. Cuando, por ejemplo, nos quemamos o nos cortamos, la información se comunica al cerebro a través del sistema nervioso. Es en el cerebro donde se genera la sensación de dolor. Y de placer. Las plantas no cuentan con nada parecido. Los seres vivos con sistema nervioso central disfrutamos y sufrimos si nos lastiman. No se trata de no consumir seres vivos sino seres con la capacidad de sentir. Y ahí, una cebolla, por más viva que esté y más lagrimitas que me produzca, jamás disfrutará de estar viva como sí lo hacemos cabras, mujeres, perros o gatas.

Pero, como he dicho arriba, tampoco les sirve. A la próxima que me venga con los sentimientos de las coliflores les pondré un vídeo de un matadero y otro de la recogida de la fresa. A ver si tiene arrestos para decirme nada. Lo tendrá. Algo así como que las fresas sienten en una dimensión espacio temporal que no apreciamos las humanas. Claro. Y me lo dices tú, tan sensible al dolor de la fresa, que te atiborras de trozos mutilados de bebés de cualquier especie -cualquier especie no, cualquiera salvo perros o gatos, que el perrigatismo es también muy cool y muy de activista bienestarista- que acabas de ver retorciéndose de dolor, entre vísceras, gritos y sangre. Muy fan. Como la Virgen del Rocío de sus asaltarrejas.

los sentimientos de las plantas

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Lo que no tienen en cuenta las defensoras de las aceitunas es que nosotras, las veganas, no sólo sentimos sino que también pensamos -a diferencia también de las plantas-. Y ya nos conocemos el percal. Que vista una procoliflor vistas todas. Y entre las proteínas por un lado y los sentimientos de las plantas por el otro, tenemos historias para tres trilogías más de Star Wars. Ya sabemos que en realidad toda esta parafernalia sólo os sirve para justificaros ante vosotras mismas. Ninguna vegana va a caer en vuestros tejemanejes. Sí, coméis dolor, sufrimiento y tortura. Sí, y no lo necesitáis. Sí, somos la prueba viviente -y bien sana, y preciosa-, de que no es necesario asesinar para vivir, de que todo son cuentos y patrañas (y la industria que más dinero mueve). Sí, somos la prueba viviente de vuestro egoísmo. Pero no tenemos la culpa nosotras. Ni las plantas.

Las plantas también, las plantas también, las plantas también… No sé cómo, ni sé explicarlo pero también. Eso sí, ante el dolor, la sangre, los gritos, los gemidos, los llantos, los infartos, los colapsos, el hacinamiento, las violaciones, los secuestros y demás, cieguitas.

Y si tanta preocupación despiertan las plantas y sus lamentos, la opción justa es también ser vegana o, al menos, vegetariana estricta. ¿Motivo? Alrededor del 80% de los cultivos se destinan a alimentar a los animales no humanos para consumo humano. La cría intensiva de ganado es el principal motivo de la devastación de la selva tropical. Ergo…

Lo que sabemos las veganas es que nuestra sóla presencia causa remordimientos de conciencia. No tenemos que hablar, ni tan siquiera movernos. Como he escrito antes, somos la prueba palpable de que es posible vivir sin asesinar. Antes al menos las humanas teníamos que cazar para comer animales no humanos. Ahora pagamos -pagáis- para que otras lo hagan por nosotras -vosotras-. Pero sois tan culpables de ese genocidio como el que se deja copiar en un examen. ¿Recordáis verdad? Aquel profe con su es tan culpable quien copia como quien se deja copiar. Con los animales no humanos lo mismo, pero en versión adulta no apta para personas sensibles. Eso sí, las plantas gritan sólo que no las oímos.

los sentimientos de las plantas

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Y es que, por más que nos digan y que inventen, los yocreos y yopiensos no valen como pruebas empíricas de nada. No hay evidencia científica que determine que las plantas sientan dolor, placer… Lo que es cierto y está demostrado y cada día salen a la luz estudios que ahondan más en el tema es que los animales no humanos son alguien. Alguien que siente. Alguien que siente dolor, que siente alegría, que disfruta viviendo. Alguien a tener en consideración moral.

 

 

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